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Elaborando
Mi Plan de Vida La Perspectiva Temporal Futura (PTF)
se define como la representación mental de las metas futuras (Lacante
et all, 2004). Todos los individuos tenemos un conjunto de esquemas basados
en experiencias previas. Estos esquemas interactúan todo el tiempo
con información nueva que proviene del ambiente. Cuando estos dos
factores se relacionan entre sí, es decir, cuando los esquemas
se ven afectados por la información nueva, se forman expectativas
futuras o metas, cargadas de significados personales (Nuttin, 1985). Es así que, para Seginer
(2003), el entorno familiar y de manera especial los padres afectan la
orientación futura de los adolescentes. De igual manera, un modelo
parental que permita al adolescente expresar sus opiniones y discrepancias
facilita la construcción de su orientación futura proveyéndole
autonomía y salud emocional. Así mismo, las expectativas
que tengan los padres con respecto al futuro de su hijo también
tendrán un impacto en la organización de sus metas futuras
(Herrera, 1999; Nurmi, 1991; Seginer, 2003). Ahora bien, según los estudios de Nurmi (1989, 1991), los adolescentes proyectan su futuro hasta el final de la segunda década y principios de la tercera década de vida. Este dato es consistente con el tiempo que, por lo general, toma la culminación de los temas que más les interesan, es decir, educación, trabajo y familia. Es así que, estas metas, como su tiempo de extensión, reflejan el “prototipo cultural” de desarrollo de vida, a saber, terminar su educación, conseguir un trabajo, casarse y finalmente conseguir materiales básicos para su vida. Referencias Bibliográficas Barnett, D. & McCabe,
K. (2000). First comes work, then comes marriage: Future orientation
among African American adolescent. International Journal of Psychology,
49 (1), 63-71. Recuperado en Abril 12, 2007 de la base de datos
Y
luego del terremoto ¿Qué? Melany Cachay Méndez La exposición a eventos traumáticos, así como las consecuencias que de ellos se derivan, no es un fenómeno nuevo. Los seres humanos hemos ex-perimentado tragedias y desastres a lo largo de toda nuestra historia. Evidencias de reacciones postraumáticas datan desde el S. VI A.C. Su descripción como problema clínico comienza solamente en la segunda mitad del S. XIX. Observaciones derivadas de la Guerra de Secesión, en Estados Unidos y más tarde en las dos guerras mundiales fueron dando forma a la entidad bautizada sucesivamente como corazón irritable, shock de bombardeo, ansiedad de las trincheras, fatiga de combate, neurosis de guerra y astenia neurocirculatoria. A ellos se agregaron, por su pobre conocimiento sobre su origen, otros términos tales como: neurosis traumática y síndrome post-Vietnam. En nuestro país, el Instituto Especializado de Salud Mental “Honorio Delgado-Hideyo Noguchi” reportó en sus últimos estudios epidemiológicos de salud mental que en Lima Metropolitana el Trastorno de Estrés Post Traumático tiene una prevalencia de vida (concepto epidemiológico que significa que el trastorno ha estado presente en algún momento de la vida) de 6%, mayor en mujeres (8%) que en varones (3.8%) El Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) se desarrolla en el ser humano que ha vivido un episodio dramático intenso, al que llamaremos “trauma”. Los eventos traumáticos son ocurrencias inesperadas e incontrolables que amenazan en forma intensa el sentimiento de seguridad y la autoconfianza de la persona desencadenando intensas reacciones de temor hacia el entorno y dejándole una marcada sensación de vulnerabilidad. Esto puede ocurrirle durante un conflicto armado, como víctima de secuestro, tortura, violación, haber sido testigo de la muerte violenta de un ser querido, haber sufrido amenaza de muerte o de serio daño a su integridad física, ya sea en forma individual (asalto, violencia familiar) o colectiva (desastres naturales). El trastorno se inicia luego de un período de latencia - de unas semanas hasta seis meses – después de la experiencia traumática. Como respuesta al trauma, la persona queda sensibilizada y puede experimentar cambios en sus sentimientos, pensamientos y forma de comportarse. Muchas personas se sienten molestas, culpables e incluso se acusan de cosas que hicieron, o no hicieron, para sobrevivir. Tales autoacusaciones, usualmente exageradas y no fundamentadas realistamente, pueden provocar sentimientos de desánimo, desconfianza y desesperanza en la vida futura y facilitar depresiones. A nivel psicosocial la Comisión de la Verdad y Reconciliación ha señalado que las consecuencias de salud mental derivadas del conflicto armado ocurrido en el país en las décadas de los 80´s y 90´s constituyen, actualmente, un problema de salud pública. Un gran número de personas afectadas, que han recuperado su vida, lo han hecho padeciendo de síntomas de estrés emocional. Por otro lado, tales trastornos no sólo disminuyen la capacidad productiva de los afectados sino que, en un porcentaje aún no precisado, los incapacita para el trabajo productivo. No existe tratamiento específico para el TEPT. Sin embargo, el consenso especializado afirma que el principal papel del especialista es facilitar una vía de desfogue al paciente, brindarle información complementaria y permitirle plantear las preguntas que estime convenientes para calmar sus incertidumbres y angustias. El propósito es permitir la descarga emocional a través de la verbalización de los sentimientos y al mismo tiempo, comprometer al paciente a trabajar en equipo fomentando diferentes estrategias como potenciar la comunicación entre los miembros de la familia, reducir posibles focos de tensión y fortalecer la solidaridad familiar. Se puede, además, sugerir la posibilidad de evaluar a los miembros de la familia que lo requieran pues no es infrecuente que un paciente afecto de TEPT genere violencia y altere la salud mental familiar. Bajo este concepto y pensado en la realidad de pobreza en la que trabajan la mayoría de nuestros Centros de Atención Primaria, se considera un conjunto de métodos, técnicas, filosofías y procedimientos, con mayor o menor apoyo científico, pero culturalmente arraigados y de beneficio para la búsqueda del bienestar emocional del afectado. Entre ellas citamos: las técnicas de relajación, el ejercicio físico y el tratamiento nutricional dietético. Bibliografía Alarcón R. Trastornos de Angustia, Capítulo 14 en Perales A, Mendoza A, Vásquez-Caicedo G, Zambrano M. Manual de Psiquiatría “Humberto Rotondo”. Fondo Editorial UNMSM. Lima, 1998. Instituto Especializado de Salud Mental. Estudio epidemiológico en salud mental en la selva peruana 2004. Informe General. Anales de Salud Mental, 2005;21(1-2):1-213. (versión en C.D.). Newport J D, Nemeroff Ch B. Neurobiology of Posttraumatic Stress Disorder, FOCUS, 2003;1(3):313-321. Vedantham K, Brunet A, Boyer R, Weiss Ds, Metzler TJ, Marmar Ch R. Posttraumatic Stress Disorder, Trauma Exposure, and the Current Health of Canadian Bus Drivers. Can J Psychiatry 2001;46:149-155.
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